Albert Einstein:

“Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera.”

No es lo mismo agradecer que pedir disculpas, no. Elegir un camino amable para transitar por la vida nos devuelve al lugar de donde venimos: al amor. No es lo mismo salir a la vida desde la puerta del amor que hacerlo desde el miedo, el rencor, la rabia, el enfado o el desmerecimiento. No. Elegir un camino de lucha nos mantiene dentro de una guerra constante.

«LA VIDA NOS GARANTIZA LA DEVOLUCIÓN DE LO QUE DAMOS».

Cuando salimos al mundo sin sanar y sin ser conscientes de qué energía se mueve en nuestro interior, inevitablemente nos encontramos con escenarios que reflejan esa elección. El campo es el reflejo real de lo que habita en nuestro interior y de lo que proyectamos inconscientemente. Y salimos a vivirnos con todas las emociones que conlleva esa inconsciencia. Por eso, es una decisión urgente detenernos, atendernos y reflexionar: qué objetivo queremos, para qué propósito y desde dónde elegimos vivir.

Ahora me traslado a ese niño que vino al mundo desde la certeza, que creyó que todo lo que vivía era lo correcto, que en ningún momento se planteó si era o no adecuado y que fue integrando en su interior todo lo que vio, sintió, escuchó y le dolió. Ese niño herido no crece; se alberga en nuestro interior, en lo profundo de nuestro inconsciente, de la mano de nuestro ego —otro niño herido, metafóricamente hablando—. Y desde ahí gobernará muchos de nuestros actos, la mayoría inconscientes.

«NUESTRO HIJO ACEPTARÁ, CON TOTAL LEALTAD, CUALQUIER PALABRA QUE VENGA DE NOSOTROS, SUS PROGENITORES, ATESORÁNDOLA EN LO MÁS PROFUNDO DE SU CORAZÓN».

¿Por qué iban a mentirme mis padres?
Ni siquiera se lo plantea.

Si mamá o papá era una “mamá o papá cactus” y el niño, cada vez que se acercaba, se hería —algo completamente lógico—, con total seguridad habrá aprendido e integrado que el amor lastima. Que cuando se acerque a alguien reclamando amor, la respuesta vendrá envuelta en dolor y sufrimiento.

Y así elegirá relacionarse… siempre que no tome consciencia de ese comportamiento aprendido. Siempre que no vea que él no es lo que aprendió en su infancia, y mucho menos sus heridas.

Y con esas formas de niño herido, el adulto caminará por la vida con ese “tesoro” que fracturará cada relación un poquito, eligiendo —como digo yo— “el camino largo de Caperucita”: doliente, sangrante y sufriente.

Nos hemos creído lo que nos dijeron.
Lo que nos hicieron.
Y lo que vivimos en relación a nuestros referentes.

En nuestro interior permanecen las vivencias de ese niño con carencias, creciendo entre llamadas de atención y llantos silenciosos.

Nuestro cerebro está diseñado para obviar el dolor. Para él, el dolor es sinónimo de muerte y no estamos diseñados para morir —no en edad temprana—, así que hará todo lo posible para que ese dolor desaparezca: activará el olvido y lo guardará en lo más profundo de nuestro corazón (inconsciente).

Pero ya sabemos que en el universo nada se destruye, todo se transforma. Por esta misma regla de tres, nada se elimina; todo es información en constante movimiento. Así pues, lo olvidado, lo guardado, se manifiesta más pronto que tarde en la vida del ser humano para poder ser transformado.

Y así, el dolor se transforma en creencia.
En programa inconsciente.
Con un único objetivo: la supervivencia.

Esto es primario, pues se nos olvida algo que rige y abraza todo cuanto vemos y también cuanto no vemos: el AMOR, en mayúsculas. Todo vive gracias a él. Nada escapa de su magia ni de su transformación. Esta es la buena noticia. No existe energía en el universo más poderosa que el AMOR.

Cuando repetimos patrones, es el amor el que nos está ofreciendo otra oportunidad de hacer las cosas con más consciencia, más paz y de forma diferente a como lo hicimos en el pasado. Esto se traslada también a los sucesos de nuestros ancestros; repetimos bajo la misma premisa. Es el amor del clan el que nos invita a repetir para liberar el dolor, para transformar aquello que causó drama o sufrimiento y se guardó en lo profundo del individuo y del alma del sistema, sobre todo cuando ese suceso quebró la inocencia de un niño o una niña. Nada se queda sin ajustar, sin sanar; el amor es perenne e inmortal y no conoce de tiempo ni de espacio. Se vive en el presente y su mayor acción es la comprensión de todo lo que sucedió.

LOS TIEMPOS DE DIOS SON PERFECTOS, ESTOS ACUDEN EN EL MOMENTO EN EL QUE ESTAMOS PREPARADOS PARA COMPRENDER, PARA ACOGER, PARA SOSTENER Y TRANSFORMAR EL DOLOR EN PAZ.

Cuando llegamos a la adultez, tenemos la capacidad de parar, reflexionar y tomar consciencia de nuestros resultados. De permitirnos mirar dónde duele y abrir la puerta del amor que vive en nuestro interior, para abrazar a ese niño herido, mirarlo con comprensión, sostener su dolor y aceptar el pasado desde la calma.

Ya sabes, querido lector, que tengo la creencia de que elegimos todo cuanto vivimos mucho antes de nacer y que nuestros padres son la segunda  elección clave, pues contienen todo aquello que precisamos para sanar lo que vinimos a sanar.

Digo que es la segunda elección, porque la primera es venir a experimentar la conciencia y unificarla con la unidad y el amor.

Es tan importante estar atentos a lo que les decimos a nuestros menores, a nuestros hijos…
Ellos nos miran con devoción, con certeza, con admiración, e igual de importante es sanar nuestro niño interior herido, darle paso, mirarlo con comprensión y abrazar esa parte tan importante de nosotros mismos.

Para un niño, sus padres o cuidadores son dioses que no se equivocan.
Y todo lo que hagan será aprobado por esos pequeños cuerpos que albergan grandes almas.

Aunque yo siento que mis hijos me eligieron mucho antes de nacer y que yo acepté nuestro vínculo para evolucionar juntos, eso no me exime de la responsabilidad de dar lo mejor de mí: cuidar mi lenguaje, mis miradas, mis acciones y todo aquello que, aunque sea un segundo, pueda rozar su mente y su alma.

Es un encuentro interesante: un adulto con un niño herido en su interior… y un niño que está aprendiendo a vivir creyendo que crecer es convertirse en ese adulto.

Todos llevamos un niño herido esperando nuestra mirada, nuestra aprobación y nuestro reconocimiento.
Porque esa es la única mirada que calma.
La que trae paz.
La que nos reconcilia con nuestro propósito.
La que nos brinda la oportunidad de proyectar a esos pequeños genios nuestra propia sanación.

Buscar la aprobación en mamá o el reconocimiento en papá no trae paz.
Cuando miramos hacia ellos, le damos la espalda a la vida.

Y ahí solo hay dolor.

Elegimos a nuestros padres y a muchas personas que encontramos en el camino, pero eso no es motivo para quedarnos en la queja ni en la no aceptación de lo vivido.

Quizá, para ahorrarnos más dolor, sea buena idea atender a ese niño herido, abrazarlo y sostenerlo.
Solo así podremos acercarnos a otro niño y ofrecerle la calma y la paz que todos buscamos fuera… y que, desde mucho antes de nacer, ya vive dentro de nosotros.

«YA TOCA».

Os regalo unas frases sanadoras para nuestro niño herido y también para nuestros pequeñuelos, esos que nos miran con admiración y devoción.

«Te veo. Estoy aquí para ti. Nada temas, pues no estás solo. Tienes un lugar seguro en mi corazón y en mis manos. Yo cuido de ti. El adulto se encarga del niño. Déjate en paz. Te amo».

Maku Sirera Pérez