LAS PALABRAS DE LA INFANCIA, RESUENAN UNA SOLA ETERNIDAD

LAS PALABRAS DE LA INFANCIA, RESUENAN UNA SOLA ETERNIDAD

¿Quién te va a querer a ti? Eso escuchaba de pequeña, recibiendo esa afirmación como una triste noticia que convertía mi camino de vida en un lugar pantanoso, engulléndome de un suspiro hacia el interior de la tierra y allí, mi respiración, se cortaba y el aire se convertía en un denso sonido de inexistencia, se esfumaba la posibilidad de respirar y de vivir.

En ocasiones, cuando mi negación externa era mayor que mi afirmación interna, venía a visitarme Morfeo, disfrazado de príncipe salvador del dolor y con sus delicadas manos y con unas grandes alas tiernas, me recogía e inducía un sueño rápido y reparador de esa tristeza, desconectándome de este mundo, un lugar de negación del ser y del amor, volviéndome más invisible.

Y ahí, en brazos de Morfeo, mi príncipe rescatador de momentos fúnebres y de palabras hirientes, me recomponía para, unas horas más tarde, sentirme capaz de nuevo de volver a lo que yo creía que era la vida.

Con cada encuentro con Morfeo, fui construyendo un lugar para habitar segura, un castillo alto, muy alto, tan alto que era fácil respirar la libertad y el oxígeno que en este lugar me envolvía, paralizando cualquier palabra que se dirigía a mi en forma de fino alfiler, desvaneciéndose como pequeños “nadas”, hacia el mismo lugar desde dónde eran lanzados.

Me acostumbre a vivirme en ese castillo, tanto, tan cómoda y tan fácil que fui creyendo que era mío y con el tiempo y el atesoramiento de las emociones que allí sentía, fui adquiriendo dragones, cocodrilos y guardianes, que me alejaban cada vez más del mundo que yo creía real.

Un lugar que me alejaba del dolor de sentirme negada, de creerme que no era merecedora de que nadie me amara , ¿Quién me iba a querer a mi? Flaca, fideo, escoba, melsa, poca cosa, esmirriada, enferma e incapaz de alimentarme, sostenerme y aprobarme a mi misma, ¿Quién me iba a querer a mi siendo todo eso y más? Pues nadie y mucho menos yo misma.

Y así, en brazos de Morfeo, regresaba a ese lugar en el que era yo y creaba una persona que nadie conocía y que nadie negaba. Respiraba, ensanchaba los pulmones donde habitaban las emociones y la piel de mi alma iba tornándose de color vida. Fuera de la consciente realidad y de las palabras que se convertían en finos cuchillos que se adentraban en lo profundo de mi ser, fui destapando una a una mis heridas y oxigenando el dolor. Ese Castillo mío era un sanatorio, Morfeo mi salvador y mis guardianes enfermeros portadores de remedios notables con mágicas habilidades para detener, con el mayor de los cuidados, cada una de las dagas que venían directas a mi corazón.

Aprendí, en aquella soledad sanadora a sentirme capaz de recibir la vida, de tomarla, de aprobarme en ella y bajar poco a poco a tierra, desde las alturas de mi guarida y permanecer en ella sintiéndome valiente. Acariciar el camino con el pensamiento, acariciar amablemente la vida bajo mis pies y tener el mundo en mis manos, para juntas y al mismo tiempo o sin tiempo, envolvernos en un baile de caricias y roces delicados con firmeza.

Hoy, soy capaz de mirar mis cicatrices desde el amor, descubrirlas y agradecer su dibujo. Hoy, doy las gracias a Morfeo por salvarme en cada desconexion del mundo que yo creía real y dejarme reposar en mi adorable castillo, ese lugar lleno de magia, de quietud, de paz y de vida que aún hoy visito, recorro y tomo, tumbada en el suelo, escuchando, desde las alturas, el latido de la madre tierra, de la vida misma sin necesidad de guardianes, aunque todavía acompañada por ellos, como fieles faros de alma.

El amor no es un estado, no es una emoción y tampoco un sentimiento, el amor es un lugar para soñar, un lugar para vivir, un lugar para habitar con decisión y consciencia sin cálculo de límites, razón o cordura.

Miro mis pies como deciden caminar, a tramitos de vida, por ese lugar hermoso que me provoca olvidar mis heridas, mis duelos ocultos, colocando bálsamo delicado en cada lágrima vertida y observando cómo la tierra rejuvenece y con ella yo, volviendo a mi infancia, sanando lo rugoso del camino, allanando las piedras y construyendo con ellas un hogar seguro y firme como la roca que no precisa de alturas, ni fosos, ni lanzallamas. Todo nace en mi interior y es alimentado desde el aire libre que respiro ahora.

Soy capaz de sentir la energía, de mirar a mi alrededor y observar el destello y el brillo de esta, mi energía, que se manifiesta como chispitas de luces alegres, como confeti para el alma, como una fiesta de incalculable valor, que convierte este mundo, el que yo creo real, en un lugar mágico de residencia y permanencia, en el que quiero caminar y acariciarlo como si fuera un bebé recién nacido que necesita de mi, de mi amamantar, de mi mirar, de mi abrigar, de mi despertar y así, juntas, ser AMOR en mayúsculas, elegirnos ser consciente de instantes y conversando con Morfeo desde la tierra, con los ojos abiertos y el alma dispuesta a la vida.

Gracias a Morfeo, gracias a mis dragones, cocodrilos y guardianes, gracias a mi castillo y las alturas que me han proporcionado el oxígeno necesario para sanar la profundidad de mis heridas. Gracias a mi alma que se ha permitido experiencias que me han traído de vuelta al momento presente desde la amabilidad y el AMOR en mayúsculas.

Todo pasa por una razón mayor, porque no podía ser de otra manera, el AMOR nos guía, nos sostiene y nos sustenta.

Maku Sirera Pérez

ME QUEDÉ VIUDA DE SENTIMIENTO Y HUÉRFANA DE EMOCIONES

ME QUEDÉ VIUDA DE SENTIMIENTO Y HUÉRFANA DE EMOCIONES

Y de repente, sin saber cuándo pasó, mis emociones en la relación de pareja se escondieron, como una niña asustada y huérfana, se ocultaron en lo profundo de mi corazón, llevando consigo la tendencia a esconderse cada vez más profundo, buscando refugio, ese lugar que guarda el amor de mamá custodiado por el amor de papá.

Fui consciente hace poco, que la mirada hacia el hombre había cambiado en mi, como si en algún momento de mi vida, algo o alguien se hubiera llevado el amor romántico creyendo que me hacia un favor, creyendo que así ya no dolería y sin embargo tan solo era un gesto de supervivencia, como una pequeña gran anestesia para permitir ocultar mis sentimientos, si cabe aún, más profundos todavía.

Camino por la vida ajetreada, poniendo foco en lo que acontece delante, sin querer mirar ese lugar mío de soledades profundas, sin dejarme sentir el dolor de mis heridas, creyendo desde mis creencias fabricadas en esa decisión que tomé en algún momento, sin ser consciente que en cada una de ellas, existe un cachito de mi corazón doliendo, una emoción sangrando, un sentimiento supurando para llamar mi atención y yo, tan solo las tapo, las escondo, las pinto, las adorno, la cubro con sedas, colores, sonrisas y diálogos de inexistencia para, de esta forma, no detenerme a mirar como lloran solas y atenderlas y limpiarlas, y sanarlas desde el amor, lo único que me salva.

Creía que el amor era universal, sin nombres ni género, sin mentes, con el corazón envuelto en alma y listo para salir al mundo, y cuando me hallo en esta observación, cuando creo estar convencida de que puedo seguir caminando con mis heridas guardas y fingidas, creyendo haber sanado desde lo oculto, sin mirar de frente a mis miedos, a mis sangrantes duelos, a mi misma y mis aventuras, cuando creo sentirme huérfana y viuda de emociones y sentimientos y elijo seguir caminando por este mundo de formas, intentando dar forma a mis encuentros, la mirada del amor se me muestra y me detiene y me habla y me acaricia y me susurra y me roza y me baila y me calma con su ungüento de paz y desde la quietud más absoluta, descubro de nuevo todas y cada una de mis heridas con otra mirada, sanando de un plumazo alguna de ellas y dejando que el oxígeno deje respirar a las otras.

Y como un baile de encuentros, con amabilidad, con ternura, sin prisas y desde la observación del perdón, soy consciente de que el dolor calmó, que ocultar no sana, sólo provoca más dolor, olvidando ya desde dónde y en qué lugar me hirió, contagiando todo a su paso, ensombreciendo el cuerpo, la mente y el alma.

Levanto mi mirada hacia la presencia del amor, en este instante permanezco y soy consciente de que el perdón ha venido a visitarme para regalarme La Paz, “ha estado bien hasta el momento, aunque ya es suficiente para ti de esto. Ahora toca dejarte en La Paz y perdonarte entera, dejar que yo bañe tus heridas y las adorne de calma y brisas de felicidad” eso me dice su mirada, sus caricias, su ternura.

Y en un instante de tiempo, soy consciente que nunca fui huérfana, ni viuda, sólo fueron elecciones para sanar mi dolor desde un lugar egótico, desde la separación y el juicio hacia mi misma y hacia las circunstancias que rodeaban ese lugar de sombras. Una elección de vida que me privaba de ella. Una decisión perfecta que me dejó permanecer en la soledad para poder encontrarme de nuevo, para recordar que no estoy sola, que nunca lo he estado y nunca lo estaré, pues el amor siempre camina conmigo, a mi lado, recordándome que soy una con Dios, desde el respeto a mis elecciones, entre las luces y las sombras, sin soltarme ni un solo instante.

El amor se sirve de personas, “PERSOM’S MEDICINA”, para ayudarnos a comprender, para facilitarnos el perdón a una misma, para sanar las heridas y volver al amor que somos. Personas que con sus palabras, gestos, miradas y presencia van colocando tiritas impregnadas en AMOR y dejando que las heridas curen la profundidad del tiempo y el momento sanando toda tu historia y devolviéndote a la vida.

Gracias infinitas al amor.

Gracias infinitas a la calma.

Gracias infinitas a mi alma y su permitir volver a su esencia.

Gracias a las PERSOM’S MEDICINA, por respetar nuestro pacto y encontrarnos en este mundo de formas en el momento correcto y perfecto.

Gracias al amor y su infinita presencia.

Maku Sirera Pérez

LA PAREJA Y NUESTROS PADRES

LA PAREJA Y NUESTROS PADRES

«Con cada trato de amor hacia mi pareja, le muestro a mi hija lo que ha de esperar de su futura pareja y elevo el estándar de lo que mi hijo debe ser como hombre al tratar a la persona con la que decida caminar en pareja»

Anónimo

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