¿DE QUÉ ME SIRVE CURARME DEL VIRUS SI ME MUERO DE PENA?

Un abrazo para alimentarme, una caricia para crecer por dentro y besos para mezclarme más allá de mi misma. No puedo existir sola, NO QUIERO.

Maku Sirera Pérez

No existo en soledad y por esa razón elijo acompañar en esta decisión global, permanecer en el hogar o más bien en casa, pues Hogar llamo a ese lugar que  no ocupa ni puertas ni ventanas y sin embargo te da la paz para habitar en él.

Y entonces ¿Qué me motiva para seguir recluida en soledad absoluta? ¿Qué tipo de decisión he tomado al obedecer sin rechistar, sin pedir, solamente dar la obediencia de una actitud que ignoro si me salvará o por el contrario acabará conmigo?

Y entonces ¿Qué me motiva, si cada día que vivo en inexistencia de compartir y vivirme en relación, me pasa una factura mayor en tristeza y falta?

La fuerza que recibía y daba cada tarde, ya no me sirve. Ya no me sirve salir al balcón a aplaudir si después toca entrar en casa y no aplaudir con nadie a mi lado. Hace semanas, acudía a ese encuentro como si fuera mi primera cita, ilusionada y emocionada gritaba con todos los que allí acudíamos para alentar a los que están trabajando sin desfallecimiento, minuto a minuto. Hoy, soy yo la que acudo con un grito de auxilio y ya no como si fuera una cita, sino como si acudiera a un rescate, el mío, como si en cada aplauso salieran volando pequeñas palabra de reclamo con un “me muero de ganas”,  muero de amor, un amor que se me acumula dentro y que me es imposible entregar, o no al menos en persona. ¿Qué haré con todos esos abrazos que no he podido estrechar y que, muchos de ellos, nunca podré ya dar?, ¿Cómo hallaré consuelo?

Paradoja la mía que cuantos más días paso en este encierro para salvarnos, menos salvada me encuentro.

¿De qué me sirve curarme del virus si muero de pena?

Al miedo hay que mirarlo de frente, con los ojos cerrados y el alma abierta, sí, mirarlo de frente, con la cara descubierta y llorando si hace falta aunque de frente. Hay momentos para parar, esconderse si cabe incluso, sin embargo si este encierro causa más estrago que su motivo, quizá es hora de cambiarlo.

¿De qué me sirve curarme si no puedo abrazarte, y por eso muero de pena? ¿De qué me sirve si no puedo despedirme, si no puedo estar ahí para guiarte en tu último viaje? ¿De qué me sirve resguardarme si la persona quien me dio la vida, en estos momentos está sola de mi? Si no puedo llenar tu corazón de abrazos y descargar los míos, para que nos de fuerza a ambas y aceptar tu marcha y soltarte, ¿De qué me sirve preservarme?

Mi piel tiembla de amor, parece que hasta sangra buscando contacto al exterior porque adentro ya no se basta. La luz  se me apaga en ausencia, en soledad. Las miradas a través de las pantallas se están volviendo necesarias y  cuando se acaban las risas, la música, los bailes van diciendo “hasta mañana”, ya no me bastan hasta esperar otro encuentro, hasta dar y recibir la cálida caricia de un “vosotros”, o de “un algo nuestro”.

Y que injusto percibo entonces este encierro, pues si para preservar la vida no puedo despedirme de quien me la dio, no quiero ésta reclusión, no, ¡no la quiero!. Sin embargo aquí estoy, obedeciendo, siendo una más que sale a aplaudir para poder recoger la energía que a mí me falta y desahogar mis lágrimas en ese aplauso. 

No me levanto cada mañana pensando qué ha ido mal. Mi cuerpo, no encuentra las ganas de seguir en la vida por relacionarse con la queja, ni las malas noticias, ni los bulos, ni los dramas desorbitados, ni por estar todo el tiempo hablando de lo mismo. Me levanto y abro mis ojos por esperanza, por recuerdos que habitan en mí de un pasado en relación, por una vida creada con otros y por otros, por esperanza.

Amar me da impulso para levantar mi cuerpo cada mañana y llorar de amor. Llorar de amor  en la soledad de mi habitación y de mi casa, pareciéndome que con cada lágrima cae un abrazo no estrechado, un te amo no expresado o un beso no sentido. Sé que volveremos a abrazarnos.

Volverán los abrazos, los besos, las risas tocándonos entre tapitas y cervezas. Volverán las conversaciones a tres o a cuatro y entre medias otro abrazo. Volveremos a la playa a seguir empapándonos de sol, de mar y de hermanos, de amigas, de niños, de domingueros contando chistes. Volveremos a quemarnos la piel esta vez compartiendo el mismo espacio. Volveremos a mirarnos mientras nos hablamos con una caricia, caminando por las manos. Volveremos a teñirnos los cabellos pensando que, además de  nuestro espejo, también lo hacemos para reconocernos en las miradas. Volverá de nuevo el trabajo, los coches, los niños en los parques, los colegios, los encuentros robados en un coche o en el portal de una casa mientras decimos, “Hasta luego”.

No podemos vivir sin comer, sin beber, sin respirar, sin naturaleza y sin personas, esas que te estremecen con una mirada, personas. Esas que pueden provocar un tsunami de emociones con tan sólo una palabra, personas. Esas que convierten el mundo en un auténtico paraíso con tan sólo siete notas musicales y unas letras que van a juego con el alma, personas. Esas que hasta con su silencio te acompañan regalándote el calor humano de su presencia, abrigando hasta el infinito el dolor o el amor, personas

Somos seres relacionales. Somos relación. Se crece más en relación. Vivimos más sanos en relación, interaccionando entre nosotros y por nosotros. Necesitamos corazones, necesitamos miradas, palabras acompañadas de manos, de apretones, necesitamos la relación como el respirar. La palabra necesitar, lleva carencia y la carencia va acompañada siempre de Ego, sin embargo me atrevo a decir  que es un ego biológico del que necesitamos dejarnos acompañar en este mundo de formas y que nos lleva directamente al amor. Todo está al servicio del amor, nada puede escapar de él. Nos desarrollamos  en la individualidad del conjunto, como partes de un mismo pastel, contribuyendo y cooperando a que una sola cosa sea posible entre todos. Sustancias en estado físico que crea una química, alquimia cuando entran en contacto entre ellas, pura magia de vida que una vez se encuentran no vuelven a ser individualidad y pasan a ser la creación de esa unión.

Apoyarnos, alentarnos, unirnos, pensarnos, sentirnos, comprometernos, encontrarnos, fusionarnos, acompañarnos, evolucionar con el aplauso de tu prójimo o para tu prójimo, tales verbos, son regalos que convierten la vida en un lugar al que vale la vida pertenecer, quedarnos, caminarlo, empaparnos de su tierra, impregnarnos de su latido y del latido de todos los aquí habitamos.

La vida requiere coraje, requiere valentía para amar y fortaleza para mostrarte, expresarte y regalar en cada encuentro una parte de tí, creando alquimia y eso, es imposible en la soledad, en la individualidad de tu propio espacio. Vivimos en una sociedad donde se alientan los dramas y se intenta fabricar la solución desde ese lugar, un lugar de penas y llantos y no, no se logra desde ese lugar, no.

Somos porque amamos, es el amor a los nuestros el que nos ha hecho a la humanidad superar momentos de penuria, de guerras y evolucionar. Es el amor, la ilusión, la fuerza y el coraje de lo que creemos nuestro y a lo que creemos que pertenecemos, lo que nos hace ser, avanzar, crear, inventar y evolucionar. Los grandes inventos de la historia de la humanidad han surgido de mentes incasables hacia los deseos, hacia las ilusiones de obtener y construir. 

Es la Ley de flotación, no la de hundimiento. Son las ganas de permanecer en la superficie, en la vida, la que nos lleva a ella. Es el deseo de creación el que nos mueve y nos motiva a inventar y seguir creando y fabricando para convertir este mundo en un lugar amable.

Como decía la madre teresa de Calcuta “estoy a favor de la paz, no en contra de la guerra”.

Luces y sombras. Sombras que sustentan las luces y hacen brillar con intensidad la luz. Es el amor el que permanece y el miedo el que está a su servicio. En esta relación como en todas, hay un estrecho contacto que es imposible advertir donde termina una parte y empieza la otra, ambas se pertenecen. Los extremos se tocan desde el mismo instante que deciden separarse, pues en este mismo momento son relación, durante la separación son relación y en el instante del reencuentro siguen siendo relación. Nada está separado de nada.

La separación es muerte. Cuanto más nos empeñamos en separar algo o a alguien más se unen sus extremos, terminando en una unión más potente si cabe. Hasta la muerte crea unión. En la historia de la humanidad, cuando se ha querido exterminar a seres, esos mismos seres se han convertido en fuerzas brutales de naturaleza unificadora, siendo imposible su destrucción aún menos después de la muerte.

Es imposible separar lo inseparable, la vida

¿De qué me sirve curarme de un virus si me muero de pena?

Agradecida me siento y afortunada por vivir estos tiempos en una España como la que se muestra diariamente en los balcones, en los portales, en los hospitales, en los supermercados, en los cuerpos de seguridad, bomberos, transportistas, limpiadores, autónomos, empresarios, familias, padres, madres, niños, abuelos, vecinos, “PERSONAS”.

Agradecida y afortunada de una España quebrada que sigue mostrando su lado más amable, que camina creando puentes de solidaridad incansables. Una España que es ejemplo de grandeza, de cooperación, uniéndose todos los días para encontrar sentido a la ausencia de roce, de abrazos, de besos, de contacto.

Y todo esto es relación, somos relación, necesitamos relacionarnos los unos con los otros y tocarnos, y besarnos, y abrazarnos, y reírnos, y hablarnos y mirarnos, y “VOLVER A EMPEZAR”

¿De qué me sirve curarme del virus si muero de pena? 

Cuando todo pase, cuando salgamos de nuevo a la calle, saldremos protegiéndonos de la relación con las ganas más intensas de relacionarnos. Será el deseo de amarnos el que nos lleve poco a poco a volvernos más humanos y seguir ayudándonos a seguir tocándonos aunque sea con el codo, a seguir besándonos aunque sea en la frente, a seguir cerveceando aunque sea entre mamparas, a seguir viajando aunque sea en pequeños vehículos, a seguir mirando un amanecer de la mano de un ser amado aunque un metro nos distancie los labios.

Cuando todo pase, haremos el duelo de los que se han ido, todos unidos.

Cuando todo pase perdonaremos para soltar y así seguir caminando, pues si ya estamos fuera, en la calle, necesitaremos “PERDONAR Y SOLTAR” para no permanecer el resto de nuestras vidas encerrados, separados… confinados.

¡Deseo tanto abrazarte que vivo de amor, esperándote!

Maku Sirera Pérez